Tienes trabajo. Tienes gente que te quiere, o al menos gente que te escribe. Tienes un techo, comida, quizá hasta unas vacaciones planeadas. Y sin embargo hay algo… no sé bien cómo llamarlo. Un hueco. Una especie de neblina. Te levantas, cumples, vuelves, y en algún momento de la noche aparece la pregunta: ¿esto es todo?

Después llega la culpa. Porque hay gente con problemas de verdad. Porque deberías estar agradecido. Porque «no te falta nada».

Primero lo primero: es más común de lo que crees, y sentirlo no te convierte en un malagradecido.

Vacío no siempre es tristeza

Mucha gente que llega a consulta con esta sensación no se describe como triste. Se describe como plana. Como si viviera detrás de un vidrio: las cosas pasan, pero no le llegan.

Se puede llegar ahí por caminos distintos, y conviene distinguirlos.

A veces el vacío aparece cuando la vida se armó alrededor de lo que se esperaba de ti y no de lo que te importa. Estudiaste lo que había que estudiar, tomaste el trabajo que convenía, dijiste que sí a lo que tocaba. Todo está en orden. Todo está en orden y nada se siente tuyo.

Otras veces es el resultado de años apagando emociones porque eran incómodas. Resulta que no existe un botón para apagar solo la tristeza o solo el miedo. Cuando bajas el volumen, lo bajas para todo. También para la alegría. También para las ganas.

Y otras veces el vacío es una de las caras de una depresión. Ojo con esto. Si además duermes muy mal o demasiado, si ya casi nada te da gusto, si te cuesta concentrarte, si sientes que no vales o que serías una carga para los demás, eso merece una consulta pronto. Un artículo de blog no alcanza.

La trampa de «no me falta nada»

Esa frase parece humilde, pero hace un trabajo sucio: te prohíbe mirar lo que sientes porque, según ella, no tienes derecho a sentirlo. Es como tener un dolor en la rodilla y no ir al médico porque hay gente que no puede caminar. La rodilla igual duele.

El vacío no te está acusando de nada. Te está diciendo algo sobre cómo estás viviendo, y vale la pena escucharlo antes de taparlo.

Una pregunta para esta semana

En lugar de preguntarte «¿por qué me siento así?», que suele llevar a vueltas sin salida, prueba con otra: ¿en qué momentos de la última semana me sentí un poco más vivo? Feliz, no necesariamente. Más vivo. Un rato conversando con alguien, una caminata, algo que hiciste con las manos, un tema que te enganchó más de la cuenta.

Anótalos. Esos momentos son pistas. Muchas veces apuntan hacia algo que te importa y que se fue quedando relegado.

Cuándo buscar ayuda

Si el vacío lleva meses, si viene con lo que te mencioné arriba, o si empiezas a pensar que la vida no tiene sentido o que sería mejor no estar, busca ayuda ahora. Habla hoy con alguien de confianza y, si hay riesgo inmediato, llama al 911.

Si es más bien esa neblina que no se va, la terapia también sirve. Lo que hacemos es entender qué fue apagando tu vida y qué podría encenderla otra vez, paso a paso. Sin prometerte que vas a encontrar tu propósito en tres sesiones. Eso déjaselo a los libros de autoayuda.