Hasta hace poco te contaba todo. Ahora contesta con monosílabos, vive en su cuarto y la puerta, que antes estaba abierta, ahora está cerrada. ¿Es la adolescencia? ¿O está pasando algo?

Es una de las preguntas que más escucho de mamás y papás, y tiene una respuesta incómoda: a veces no se puede saber desde afuera. Lo que sí se puede es mirar mejor.

Lo que suele ser parte de crecer

Que quiera más privacidad. Que prefiera a sus amigos antes que a la familia. Que discuta, que cuestione todo lo que dices, que tenga cambios de humor. Que de repente le importe muchísimo cómo se ve. Que duerma hasta tarde los fines de semana; el reloj interno de los adolescentes se corre hacia la noche y eso no es pereza.

Todo eso, por molesto que resulte, es parte de construir una identidad propia. Un adolescente que se separa un poco de sus padres está haciendo su trabajo.

Lo que merece más atención

Más que preguntarte si cambió, porque todos cambian, pregúntate cuánto, desde hace cuánto tiempo y qué le está costando. Presta atención si:

  • dejó de hacer cosas que antes disfrutaba y no las reemplazó por nada;
  • se aisló también de sus amigos, no solo de ustedes;
  • cambió mucho su forma de comer o de dormir;
  • bajó de golpe en el colegio;
  • está irritable casi todo el tiempo, durante semanas;
  • el consumo de alcohol u otras sustancias va en aumento;
  • habla de que nada tiene sentido o de que sería mejor no estar, o ves lesiones que no explica.

Esto último no espera. Si escuchas algo así o ves señales de que se está haciendo daño, consulta de inmediato, y si hay peligro, llama al 911.

Antes de proponerle terapia

Hay algo que funciona mejor que «te voy a llevar al psicólogo»: preguntar sin interrogar. Los adolescentes conversan más cuando no están frente a frente. En el carro, cocinando, caminando. Comenta lo que notas sin acusar: «te he visto más cansado últimamente, ¿cómo estás?». Y aguanta el silencio. Muchas veces la respuesta llega dos días después, cuando ya ni te acordabas de que habías preguntado.

Si decides proponerle terapia, preséntala como un espacio suyo, sin tono de castigo y sin la idea de que hay que «arreglarlo». Si se puede, que participe en elegir. En EJE trabajamos con adolescentes desde los 15 años: tienen su propio espacio, con reglas de confidencialidad que conversamos con la familia desde el inicio, y sumamos a los padres cuando hace falta.

Y tú, ¿cómo estás?

Una última cosa. Cuando un hijo adolescente se aleja, a los padres también les pasa algo. Miedo, tristeza, a veces la sensación de haber perdido a alguien que sigue viviendo en la misma casa. Eso también merece atención. A veces el primer paso es que tú tengas un espacio para ordenar lo que sientes antes de decidir qué hacer con tu hijo.